Conociendo Nuestra Parroquia

Como bien es sabido, Iglesia es cada uno de los bautizados que en ella hace vida enriqueciéndola con sus dones y talentos para formar el cuerpo místico de Cristo.

Detrás del funcionamiento de cada apostolado, movimiento y grupo parroquial hay caras y nombres trabajando en comunión para llevar a cabo la misión de anunciar el Evangelio al mundo entero.

Conozcamos juntos esas caras y nombres de quienes son Iglesia en nuestra parroquia, María Madre del Amor Hermoso. Fieles que con abnegado amor ofrecen a Dios en el servicio lo mejor de cuanto Él les ha dado.

Esta vez ha sido el turno de Chus (María Jesús) Rodríguez, quien con mucho gusto nos ha abierto las puertas de su hogar para conocerle un poco más a fondo y nos ha regalado una tarde de Pentecostés cargada de muchas emociones. Os invitamos a leer lo que en íntimo nos ha compartido Chus para todo el que pueda servir de algo su testimonio.

¿Cómo te autodefinirías?

Sería falta imperdonable al relato no contaros que la entrevistada ha comenzado invocando al Espíritu Santo (y muy a juego, por cierto, con ser su día) con la oración del cardenal Verdier: “Oh, Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, inspírame siempre lo que debo pensar…” Pero no menos imperdonable sería no deciros que con mucha gracia y audacia (por no culpar al Alzheimer) ha resuelto terminar una oración de autoría propia con sus ruegos personales al Espíritu para la entrevista.

—Me defino como una chica ¿chica? —mirando a Jesús, su marido, le pregunta. —Mujer, mejor mujer. Mujer y madre de familia de tres niños, casada con mi Príncipe Verde (ya más adelante nos contará por qué lo de verde).

También se ha definido como hija, de unos padres (Luis y Mary) a los que agradece todo lo que es porque lo han hecho lo mejor que han sabido. —Como hija es verdad que también alguna vez me he preguntado: ¿por qué mis padres habrán hecho esto así y no de determinada manera?, creo que todos como hijos lo hacemos, pero hoy en día como madre sé que no existe un manual para la paternidad perfecta porque precisamente somos imperfectos y ahí, en nuestras imperfecciones, está la riqueza. —También es hermana (de Sandra) —Con los hermanos se aprende a discutir, pero también a perdonar. En la familia se aprende todo; sobre todo a sentirse amado. —Es amiga y como amiga le gusta estar para sus amigos en los momentos en que lo necesiten. Por último, se define como persona —Siento, y me siento muy querida por Dios. Quiero seguir sus pasos y poder haber dejado una huella de amor en el mundo, quiero decir, todos dejamos huellas, pero me gustaría que me recordasen por servir o por mi alegría que creo que es una virtud, un don que Dios me dio.

Ahora sí, cuéntanos esa historia de tu Príncipe Verde, que nos has dejado con la intriga.

—Desde pequeña soñaba con mi príncipe azul, el chico de las películas que volvía locas a todas porque era “perfecto” y entonces llegó Jesús, mi príncipe verde —se ríen con complicidad. —Verde porque llegó para dar esperanza a mi vida. Con el tiempo me he dado cuenta que él es mi príncipe “imperfecto” porque es el que Dios ha pensado para mí; es la persona que me complementa, me da paz y me quiere como soy pese a las diferencias.

¿Cómo es que llegas a la parroquia?

—Llegué al barrio en el 2002. En Leganés iba a misa con mi familia los domingos y estuve en un grupo juvenil (JMV). Así que al llegar localicé la parroquia más cercana y comencé a ir a misa allí, pero por trabajo no me pude comprometer más.

Luego, en 2010 cuando nace su primera hija, María, una fiel de la parroquia (Aurita) le hace la invitación para dar catequesis. Con una niña recién nacida, y todo lo que supone, accede. —Recuerdo que le daba el pecho a María, se la dejaba a Jesús, iba a dar mi catequesis y volvía. —Y así siguió durante cuatro años hasta el nacimiento de su segundo hijo, Marcos, cuando sus labores como madre, ahora de dos, no le permitieron continuar con su apostolado.

—María José (otra fiel de la parroquia) nos invitó a un grupo de matrimonios en Perales en el que estuvimos unos meses y luego a otro en la parroquia de la Beata —estuvieron yendo durante dos años, pero… —es verdad que todo lo que es cerca de casa siempre es mejor.

Es así como se disponen llevar el grupo de matrimonios al barrio y en contra de todo pronóstico comienzan a invitar a todo aquél para consolidar un nutrido grupo de parejas en la parroquia. —Si a nosotros nos ayuda por qué no a los demás. Todo lo que sea ayudar al matrimonio me encanta, más aún si compartiendo nuestras miserias podemos ayudar a los demás. —Hoy en día cuentan con tres años y un maravilloso grupo de familias que con su alegría, desde los más pequeños, hasta los mayores, impregnan nuestra iglesia. —En estos tres años hemos tenido varios formatos, el año pasado hicimos un retiro y en cada encuentro hemos descubierto nuevas cosas. Después de todo este tiempo asistiendo al grupo de matrimonios puedo decir que, sí, es verdad que nos queríamos, pero que ahora nos queremos mucho mejor.

¿Qué servicio prestas actualmente en la parroquia?

—He vuelto a ser catequista, en lo que encuentro una especial gratificación por ayudar, aprendo muchísimo de los niños y es lo que más me gusta, son totalmente una fuente de inspiración. Asisto al grupo de matrimonios y al grupo de oración de madres. Cuando rezas por tus hijos esa oración te ayuda a quererlos mejor y a comenzar a querer para ellos ya no lo que tú como madre puedas querer sino lo que Dios quiere, que al final es lo mejor, ¿no? —En el grupo de oración Chus y las demás madres oran por sus hijos y por los de las madres del mundo entero. —Siempre que hay una madre orando por un hijo, ese hijo no desfallece. —Como ya se ha hecho costumbre, hemos intentado decorar la conversación con esta cita de San Ambrosio a Santa Mónica o, mejor dicho, con lo que de ella malamente nos ha dejado recordar nuestra memoria. De cualquier modo, eso ha sido lo que ha dispuesto el Espíritu y perdería riqueza y autenticidad el relato si la corrigiésemos por la original.

Chus se siente “parroquiana”. Y eso… ¿qué es?

—Aunque voy al grupo de matrimonios o a la oración de madres, no me siento de ningún grupo porque me siento parroquiana, diocesana. Me gusta compartir mi fe, pero para mí tiene más valor hacerlo en lo cotidiano que en lo extraordinario. A veces no es ni siquiera preciso hablar de Dios para transmitirlo. A veces Dios no te pide que te vayas de misiones a algún lugar lejano, pero sí que puedes llevarlo a tu trabajo, a tu familia; con tu testimonio, con tu alegría.

¿No te importaría compartir el testimonio de alguna de tus pérdidas por si a alguien le pudiera enseñar algo?

—Venga, sí. Lo voy a contar. Por si a alguien le pudiera servir. —Ha dicho Chus con decisión luego de cuestionarse mentalmente a sí misma unos segundos. Cuando le hemos preguntado respecto a “pérdidas”, nos hemos querido referir a algo que ya en adelante veréis, pero como ya es sabido por vosotros, el Espíritu Santo, que estaba haciendo y deshaciendo todo a su manera en nuestra velada, dispuso en el corazón de Chus contarnos una experiencia bastante sensible de su juventud sin importar que las emociones tomaran las riendas de la entrevista.

—En el 2002 empecé a encontrarme mal, no sabía lo que me pasaba. Era ansiedad por la pérdida de mi abuelo y de una compañera de trabajo que se suicidó. —Toma un profundo respiro para seguir, con pequeños susurros y los ojos nublados, la historia. —Tenía episodios de ansiedad y depresión. Sólo quería estar en la cama y que me dieran algún relajante, no tenía control y me invadían los pensamientos negativos, a veces hasta suicidas. Recuerdo que tenía un trauma con las ventanas. —Comenzó a recibir tratamiento con fármacos para la depresión y la ansiedad a la par que asistía al psicólogo (Águeda) y a los auxilios espirituales del párroco, Parrita, su director espiritual. Ambos le dieron valiosas herramientas para controlar sus pensamientos e intentar transformarlos en positivos. —Lo que tienen estas enfermedades es que no sabes si vas a hacer alguna locura en algún momento.

Tuvo nueve meses con su tratamiento y frecuentando el psicólogo —pero quise curarme. —Y he allí que cuando la voluntad y la fe se juntan grandes obras comienzan a suceder. —Los fármacos te relajan, te drogan, pero un día me dije: ¿Y es que voy a estar así toda la vida?, ¿acaso voy a estar así para siempre? —Y en adelante el desenlace de la historia casi puede adivinarse.

—No creas, tuve varias recaídas, pero fueron distintas. Cuando recaes y ya sabes lo que te pasa porque lo has vivido sabes cómo combatirlo. Se siente muy duro, muy duro, sólo quién lo ha vivido puede imaginar cuánto. Es como haber creído ganar la batalla y darte cuenta que no, que aún quedan cosas por sanar. Pero, aunque curada del todo no estás, sabes cómo enfrentarte a eso.

Chus prepondera por mucho el apoyo de la familia, de sus amistades. —Nunca me dejaron sola. Siempre estuvieron a mi lado acompañándome. —Pero sobre todo la voluntad, el querer curarte, dado que, no hay artilugio médico que valga para curar a alguien que no quiere ser curado. —Puedes experimentar estar en lo más profundo, pero, si quieres, se puede. Siento que cada día, o mejor aún, cada segundo es una nueva oportunidad para recomenzar. Me gusta mucho esa frase de una canción que dice que la vida son dos días y ya ha pasado uno. Desde entonces es lo que hago: vivir, disfrutar cada momento con intensidad.

Por último, pero no menos importante, la fe. Chus atribuye gran parte de su recuperación a la fe. —Le pedía a Jesús que me abrazara y que me diera la mano para no caer en la tentación. He sentido el abrazo de Jesús y que no me ha dejado caer —con unas lágrimas en los ojos no de tristeza sino de quien ha experimentado la cercanía de Jesús en la tribulación y no puede evitar emocionarse al recordarlo.

¿Crees que Chus hoy, luego de esta experiencia, es una nueva persona?

—Sigo siendo la misma, pero definitivamente mi actitud frente a la vida ha cambiado. —Hoy, a más de veinte años de lo vivido, Chus puede decirse a viva voz curada. —No se lo deseo a nadie porque es verdad que se pasa fatal. Pero, también es verdad que he aprendido a valorar la vida de otra manera y por eso lo agradezco. Yo siempre me he caracterizado por ser muy alegre, pero tal vez mi actual alegría, una ya más plena y consciente, se deba a haber vivido todo esto porque es verdad que al final de los fracasos es de lo que más se aprende.

—A veces me preguntan qué droga tomo. Me siento una mujer feliz por sobre las dificultades o la tristeza. La paz que se tiene en el corazón, cuando viene de Dios, no te la puede quitar ningún problema. Y eso no quiere decir que no llore. Lloro. Lloro mucho. Porque siento que es una forma de descargarse. Todo depende de la actitud con la que decidas vivir. Basta con querer amargarse la vida para comenzar a encontrar motivos: el tren que llegó tarde, el jefe que no me gusta, etc. Pero a mí no me gusta vivir en la queja. Otras veces me preguntan que si estoy muy bien en el trabajo, que cómo lo hago, y yo respondo que sí, pero sí porque he querido, lo he escogido… aceptando las críticas, con un poquito de resiliencia. Soy feliz. Pero por decisión.

¿Cómo viviste la pandemia?, ¿pudiste experimentar alguna recaída por el confinamiento?

—Qué va. Nos lo pasamos muy bien en la pandemia. Crecimos mucho como familia a través del confinamiento. —Con su tercera hija, Marta, recién nacida, Chus y Jesús encontraron en la pandemia un acontecimiento providencial para poder compartir en familia y disfrutar de ver crecer a su pequeña en cada momento de sus primeros pasos. —Nos dedicamos a hacer para nuestros niños algo así como la película “La vida es bella”, jugando, compartiendo en familia. La vida tiene sus sufrimientos, pero se puede intentar sacar de todo lo positivo.

¿Qué puedes decir de tus hijos?

—Han completado nuestro matrimonio, cada uno ha aportado lo suyo. María nos trajo paz, tranquilidad. Luego, Marcos, curiosidad, inquietud, dinamismo. Y Marta es la alegría de la casa, ha venido a traernos a todos mucha alegría con sus locuras y sus travesuras. —¿Y de los del cielo qué puedes decir? (entre Marcos y Marta, Jesús y Chus experimentaron tres pérdidas y les saben con total certeza en el cielo. Así lo dicen y se lo hacen saber a sus hermanos de la Tierra. A esto nos habíamos querido referir anteriormente con una de las preguntas; el resto, ya lo sabéis vosotros, pura obra del Espíritu Santo). —Los del cielo también hacen lo suyo. Interceden por nosotros y nos han enseñado a valorar a los de la Tierra.

¿Alguna cosa que quisieras compartir con los lectores para despedirte?

—Que la vida es un camino; a veces liso, a veces con piedrecitas; y otras, con pedruscos. Que esas piedras nos sirvan para crecer como personas. Que vivamos con alegría. Que perdonemos para que nuestro corazón sea libre y podamos amar sin límites. La vida nos brinda cada día la oportunidad de levantarnos e intentar ser la mejor versión de nosotros mismos. Que vivamos para servir a los demás. Al fin y al cabo, esto es un camino corto, la vida eterna está en el cielo, no en la Tierra. Pero, por qué no tener un pedacito del cielo en la Tierra.

¡Gracias!

…“Que nadie venga a ti sin irse mejor y más feliz” (Madre Teresa de Calcuta).